Un nuevo día deparaba a Bárbara y a su marido Enrique en la oficina. Trabajaban juntos, aunque en departamentos diferentes, pese a que antaño, antes incluso de ser pareja, compartieron mucho más estrechamente quebraderos de cabeza profesionales, y no tan profesionales... En especial cuando se tenían que quedar hasta tarde para preparar los "informes finales". Entre informe e informe, se solían tomar el consabido descanso, acompañado de una sucesión de estímulos del cariz más caliente imaginable. Así, entre polvos clandestinos en la oficina, se fue fraguando un amor, basado en el deseo, en la necesidad mutua de sentirse el uno con el otro, que culminó en un matrimonio.
Un matrimonio otrora feliz y pleno, pero que recientemente iba sintiendo el pulso del desgaste, de la carencia de vivencias estimulantes, castigado por la rutina y las presiones laborales y encima alimentado por la falta de reoce entre ambos, desde que Bárbara fue destinada a otro departamento. Ya no habría informes juntos ni podrían cooperar. Les quedaba un ritmo de trabajo común y un amasijo de responsabilidades absorbentes que hacía que fueran espaciandose en el tiempo los ratos sexuales entre ambos,
La pareja, eso sí estaba de muy buen ver. Ella, quitaba el hipo a todos los compañeros de la oficina y los coqueteos eran una constante y una rutina de su jornada laboral. Él era objeto de las fantasías de las más jovencitas de la oficina, en especial de las becarias, y era codiciado por algunas de sus compañeras por su atractivo y su estilo. Todas ellas pensaban que la golfa y puta de Bárbara por el simple hecho de haberse ligado y finalmente unido en matrimonio con Enrique. Todas ellas la miraban de arriba abajo con furtiva envidia. Bárbara lo sabía y se sentía grandiosa por ello. Por haber sido la que poseyera al semental de su marido, por ser la que lo cabalgara, lo follara y le amara.
El peso de la rutina hizo que Enrique se fijara en una becaria morena, dicharachera y de mirada un tanto entre juguetona y sucia. Una chiquilla de esas que se sabe que han sido tocadas por un talento natural para poner cachondos a los tios, y que a ellos les resulte de lo más sencillo imaginarsela mamando el respectivo rabo o brincando con su perfectamente depilado coñito sobre una polla bien erguida y con deseos de hacerle saber a esa jovencita que lo que era en realidad no es otra cosa sino una puta viciosilla que roza el ninfomanismo. Así le veían todos los compañeros en la oficina. Los tenía a todos intelectivamente cachondos, y no se salvaba ninguno que no hubiera tenido sueños eróticos con esa criatura. Enrique, lógicamente no era de piedra y tonteaba constantemente con Vanessa, la becaria aludida.
En cierta ocasión, Bárbara subió a la planta de Enrique y pudo ver con sus propios ojos cómo la ramera de esa becaria le hablaba, desde su asiento, con una pícara sonrisa a su marido, el cual estaba de pie, e incluso le tocaba el brazo y el bolsillo del pantalón:
- Cuando quieras me preguntas lo que necesites, Vanessa.
- Entendido Enrique, te lo tendré en cuenta y no dudaré en preguntar lo que necesite,... aunque me parece que me hará falta mucha ayuda ... tuya -- En ese momento la mano de Vanessa casi se cuela en el bolsillo del pantalón de Enrique, en un conato por sobar lo que pudiera del cipote de su mentor.
- Uuuuuhhhh,.... tu quieres algo más que mi... ayuda
- Enrique,... te lo tengo que confesar,.... yo,... quiero MUCHA ayuda tuya.... ayuda en PROFUNDIDAD. ¿Crees que podrías?
- Uffff,... encanto,... no me pongas nervioso...
- Nervioso, ¿a ti? Jajajajaja, permíteme que dude que te pongas nervioso... Un hombre tan atractivo como tu, tiene que estar acostumbrado a muchas mujeres,... seguro que no te pondrías nervioso conmigo... No te lo permitiría....
En esos momentos irrumpió Bárbara en la escena y rompió de cuajo la situación. Enrique medio resoplaba por sentirse aliviado ante la aparición de su esposa, medio resoplaba por estar recibiendo una soberana invitación de liarse con un bombón de hembra.... En cualquier caso, en su mente se empezaba a gestar la posibilidad de saciar el apetito de aquella ricura aprovechando cualquiera de las infinitas circunstancias que la dinámica laboral le brindara. Bárbara no hizo mención alguna a lo que había presenciado y reclamó a su marido con un gesto de su mirada para hablar con él aparte.
- ¿Qué de ligoteo en el trabajo? Mnudo granuja estás hecho. Ya se que eres un cerdo con la bragueta floja. Lo único que no quiero es comerme las babas del coño de esa fulanilla cuando te chupe tu rabo, so cabrón! Y menos caso a las novatillas y más caso a tu mujercita, ¿acaso te olvidaste que soy tu puta?
- ¿Pero has visto lo zorrita que es? Me chifla. Pero no te preocupes,... no creo que caiga. Esta es de las que mucho hablar pero luego se cortan y no quieren hacer nada de nada.
Bárbara miró con incredulidad a Enrique, y le retó a que sostuviera lo que estaba diciendo:
- Bueno, ya veremos si me la trinco. Bárbara, que andamos muy liados últimamente en el departamento,... con esto de la crisis, se nos acumula el trabajo...
Bárbara se marchó, tras tratar con él un asunto de trabajo, pero dejando a su marido con la entera sensación de que ella sabía que acabaría tirandose a la becaria de su oficina. El cerdo de su marido tenía que recibir una lección magistral de zorrerío de su parte, Así que urdió un plan, en segundos, para demostrarle a ese cabrón quien es la más puta de todas. Ella. Y su determinación fue hacer que no le quedara a su marido duda alguna. Y, por supuesto, ella misma, por pura afición al morbo, iba a descubrir el sitio y momento exactos en los que el golfo de Enrique pretendía encalomarse a Vanessa, la becaria. "No hay nada más previsible que un hombre", se decía a sí misma. "Aunque no quiera, acabaré pescándole con esa furcia".
Nada más regresar a su área de trabajo, a Bárbara le aguardaba una complicada reunión en la que iban a negociar un contrato estratégico. En ella estaban depositadas buenas dosis de confianza, por parte de sus mandos. Recogió sus notas y su portátil de su escritorio y se dirigió a la sala de reuniones. Allí le estaba esperando un colega suyo junto con la visita que habían recibido, un representante de la compañía con la que tendrían que cerrar sin más demora los aspectos esenciales de ese acuerdo. Allí estaba él, un seductor nato, aguardando el momento,.....
(Continuará)
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