domingo, 3 de abril de 2011

Distancia de Deseo (Tactile Erotico)

Por fin la distancia entre ambos se iba a acortar infinitamente... de decenas y decenas de kilómetros a escasos milímetros o tan sólo distanciados por los poros de nuestras pieles. Si Bárbara, tan sólo supiera cuanta y cuanta ansia me estaba produciendo el ver sus ojos directamente, con tan sólo un salto de aire entre nuestras miradas... con tan solo un hueco que se iba a rellenar de magia y atracción al instante....

Un mensaje. Me advertía de donde era mejor aparcar. Un cuidado consejo que bien agradecia yo a esa mujer de mis sueños y deseos. Salí del coche con un pequeño presente y llegué hasta la puerta de su casa. Donde ella me esperaba.

La abrió y sus ojos felinos me dieron esa bienvenida que con timidez y deseo me fueron congraciando en pocos segundos. La miré fijamente... sin otra ansia mas que la de desvestir su alma de ropajes innecesarios. Bárbara. Ahí estabas en tu esencia completa. Adornada con esas prendas de verano que dejan que tu piel transpire toda tu fuente de femineidad...

Mis prendas de algodón blanco me conferían la apariencia de un maestro del alma... desaliñada por mi perilla y acentuada por el rapado de mi cabeza... Tus cabellos se asemejaban a las cascadas del deseo que en cualquier Edén bien pudieran habitar... eso es lo que me producía ser tan afortunado por saberme en tu hogar.

Y entonces te dije un breve hola, para pasar a darte en un escueto y torpe movimiento ese presente que transportaba, pero que no fue mas que un breve impulso para acercarme a tu rostro y depositarte un beso que de la manera mas impulsiva y suave no pude evitar darte. Un beso del cual no podía dejar de saborear tus labios... mas que tus labios tu alma entera, pues en ese beso interminable iba depositado todo mi deseo, todo el agradecimiento por verte, toda la suerte de existir para poderte tocar... tocarte... saber que la tersura de tu rostro estaba en contacto conmigo,... tus manos, tocando las mías,... tu respiración, mezclada con la mía y efectuando rizos y turbulencias y extrañas convecciones que recorrían nuestros cuerpos de arriba a abajo, ahora unidos y separados por los escasos milímetros de nuestras frescas prendas...

Bárbara. Eras tu la que estaba tocando, la que estaba acariciando por tu espalda... la que estaba recorriendo con la energía de mi cuerpo, y no sólo con mi tacto... La que me estaba produciendo esos devaneos y temblores insospechados en mi ser... La que me estaba produciendo esa conflagración de deseo que no iba a cesar con ese beso.. ahora en las comisuras,... ahora en tus labios... esos besos que tuvieron su primer origen en el primero que nos dimos con los ojos.

Y que no fueron los últimos,... pues tus pechos se manifestaron en pos de ofrecerme un nuevo territorio para ser besada, y mi virilidad incandescente intentó abrirse paso por las prendas que de holgadas pasaron a ser ceñidas. Nos dimos esa clase de besos que los ropajes esconden, pero que fluyen por el aire a través de la mirada...

Me diste la mano y, con la relajación del contacto, me guiaste con aire de complicidad hasta la cocina para mostrarme lo que con tanto amor habías estado preparando para nuestro encuentro. Pero no llegamos al quicio de la puerta de esa cocina, no, pues tu hogar también quiso abrazarnos y procurar que nuestro encuentro tuviera en ese mismo momento su eclosión, pues súbitamente se apagaron las luces y fue la luz de la luna que asomaba por tu ventana, la que a partir de ese momento se reflejaba en ti, para besarte de magia incesantemente,...

Catar tu piel azulada por la luz de las estrellas, sentir cómo se te erizaba el vello, mirarte en la oscuridad mas profundamente que nunca y desvestirte el alma sin retirar tu vestido, con una sucesión de finas caricias de las yemas de mis dedos que recorrían, cuidadosamente y parsimoniosamente, todo tu cuerpo, aplicados desde tus tacones y resiguiendo el contorno de tus piernas, hasta el perfil de tu rostro... deteniéndome y recreándome con mi vista, y mi tacto, ante tu visión, mientras mi vista se adaptaba a la oscuridad y veía tu cerúlea tez veraniega...

Te besé de nuevo,... dulcemente, aprisionando nuestros labios... se estiraban al retirarnos, como no queriendo olvidar el contacto, reclamando de nuevo ese húmedo contacto, llamando a ser devorado y erosionados nuestros seres por el placer de amarse. Lánguidamente y serenamente. Cubiertos de una ardiente dulzura. Te besé el cuello, o mas correcto habría sido decir que mis labios te acariciaron el cuello y te mordieron ellos como sabían hacer. Y mi lengua te refrescaba, pues había emergido y necesitaba saberte, lamer tus aceites femeninos, brindar en ese momento con tu aroma...

Te retiré los tirantes de ese vestido blanco que tanta luz proporcionaba y que tanto contrastaba con tu tez y dejé al descubierto tus senos, que clamaban la misma suerte que tu boca. Y a ella di un beso para que mi lengua danzara por tu cuello encubierta por un sendero de besos y llegara hasta tu esternón, donde decidí sin dilación a cual de tus pezones aplicar el calor de la punta de mi lengua... mientras antes los había estado perfilando con la punta de mis dedos... Esos pechos que me conquistaban, que me encandilaban cada vez que los veia y que esa pausa en el tiempo me permitía disfrutarlos, catarlos, mientras tu yacías a horcajadas de mi, a mi merced...

Bárbara... era todo cuanto mi boca podía proferir en las pausas de esos embates a tus senos... ahora succionándolos, y mis manos se cernían en tu cuello, en tu espalda, dándole un sentido multisensorial a tus sensaciones... mientras mi aprisionado estigma masculino continuaba creciendo y chocaba contra lo que percibía que era tu contrapartida femenina... llamándose el deseo el uno al otro.

Te retiré el vestido por completo y me dediqué a seducir tu vientre,... un episodio mas de tu anatomía, uno entre tantos que ansiaba por descubrir y por saciar. Allí me detuve en una pradera de húmedas caricias, sin dejar de poseer con mis manos esos dos tesoros encumbrados que son tus pechos, ahora atrapados con delicadeza con mis manos. Y tus piernas yaciendo de manera explícita sobre mis hombros para tentar mas la llamada del deseo.

Te volteé y te di mi boca en tu cuello... te refresqué tu espalda y encaramé mi lengua en tus omóplatos. Deslicé mi boca por toda tu superficie, deleitándome en cada beso, en cada uno de los pedacitos de área que te estaba dando, en cada una de las briznas de tu sabor, y sintiendo a la vez el placer con que te estaba regalando... siendo este mi mayor deseo y mi mayor premio. Y aterricé en tus nalgas vestidas pero no por ello menos expuestas al embate de mi vista, de mis manos y sobre todo de mi apetente boca. Me regodeé en ellas mientras tus caderas levantaban ligeramente tus glúteos en un gesto de ofrecimiento y de incipiente lujuria. Me miraste y me enardeciste. Te respondí con flechas de explícito deseo y no pude evitar dar una firme pero indolora palmada en tus nalgas en respuesta a la provocación de tus ojos.
Entonces fue cuando sembré tu cuerpo de sudores y de ardientes pasiones.... y arranqué tus más apasionados jadeos y gemidos.

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