Barbara
Barbara era una discreta doncella de la corte del condado que compartia gran parte del tiempo con su señora, Jane, la hija de los Condes de Bristol. Siempre estaba disponible para ella, para escuchar sus quejas, sus disgresiones mentales, su forma de vivir las batallas amorosas entre sus pretendientes, sus intimas confesiones… sus femeninas experiencias… sus, para ella, indecentes e inconfesables rubores. Barbara estaba permanentemente absorbida por Jane y los discretos quehaceres que ella se autoencomendaba, privándole de oportunidades de mostrar su lozania, sus rubios encantos, su fervor,… a los jóvenes caballeros o aspirantes a caballeros que, en el actual momento de prosperidad, abundaban como la yerba por todo el condado. La carencia de guerras y batallas había producido un excendente masculino que permitia a cualquier doncella elegir entre un buen repertorio de esbeltos y fornidos caballeros trotamundos, aunque jóvenes en exceso y aún carentes de la necesaria experiencia que tan solicitada es en un verdadero noble y caballero aventurero.
Semejante panorama de sementales y el momento de explosión y descubrimiento de la plenitud sexual de Jane, le ubicaban a la vez en una perenne situación de contenida exaltacion que se manifestaba en los placeres que ella misma se otorgaba con sus propias manos, con sus propios suspiros, usando cuanta más delicadeza,…. mejor, usando cuanta más provocación en las imágenes que recreaba su mente,… mejor. Reutilizando las palabras pronunciadas por Jane para confesarle sus propias emociones como resorte para afianzar un placer que no tendría retorno. Esa era su vida intima, bañada en las experiencias ajenas y aclarada con las propias habilidades, en la soledad de su cámara, en donde unos frios muros contrastaban con la calidez de la caldera que aclimataba el ambiente y, a su vez, representaba lo más cercano al calor viril que Barbara necesitaba compulsivamente, para que la abrigara durante largas noches en vela en las que el deseo le podía más que el cansancio.
En algunas ocasiones su protectora recibía la visita, inesperada o no, de alguno de sus caballeros galantes, la cual ella solia recibir directamente postrada en su alcoba, en todo un alarde de seducción y provocación. Una alcoba decorada con tapices que aislaban el frio muro del calor de los amantes, con un escudo de armas que simbolizaba la conquista de la lujuria, de la pasión más exacerbada, de la furia pasional encarnada en jadeos y gemidos. La luminosa penumbra existente laceraba de sombras sugerentes la líbido de los amantes, con unas velas que titilaban al son de los suspiros, al ritmo del vaivén follador…. Pero el sonido del amor, del deseo desbordante, de la lujuria y el deseo se materializaba también en apagados y exaltados vocablos que eran los verdaderos artífices de rellenar de sexo todo el espacio de la cámara.- Brrrr…. eres un ser que me engarza a la lujuria, Jane… Brrrrffff
- Jadea conmigo….. mmmmmmmmmm
- Ohhhh…. Mi deseo no lo puedo apenas contener
- No lo contengas…. Damelo una y otra vez…. Calma mi sed
- Tu sed es ilimitada…. La mia es insaciable, tu cuerpo me enerva y me derrota…. Me derrota…. ¡Jane,…. Mmmmfmfff…. Me derrotaaaa…!!!
- Siiii,…. Dame a mi el placer con tu vara de acero… empujaaaaaa….. entra dentro de mi una y otra vez,… sentid mis convulsiones ahorraaaa,… mientras me rocias tu esperma dentro de miiiiii
Escenas como estas se sucedían con cierta e indeterminada periodicidad cada vez que Jane vivía una aventura con alguno de aquellos hombres que frecuentaban el círculo social en el que Jane vivia. En ocasiones Barbara presenció a hurtadillas alguna de esas escenas… le resultaban instructivas y excitantes. Su piel vibraba tanto o más que la de la amante a la que servía y que era la que recibía orgasmo tras orgasmo a golpe de verga. Su sexo no podía evitar sentirse caliente, completamente humedecido, abierto y receptivo presenciando, aunque fuera de reojo tras un cortinaje, las hermosas visiones del placer humano. Besos, caricias, ritmo, fluidas sensaciones, sexos encontrados, golpeteo de sensaciones, fornicación apasionada… creaban el contexto que era percibido Barbara en su retina y en su imaginación.
Ella deseaba ser como Jane. Pero no la envidiaba. Deseaba tener a su disposición a machos folladores que le satisficieran a ella como lo hacían con su señora. Deseaba que fueran igual de gentiles a la hora de dirigirse a ella como lo eran con Jane. Deseaba sentir entre sus piernas de una vez por todas alguno de aquellos rabos, lamerlo, succionarlo, sentir como una lengua juega con su sexo o cómo le invade el cuerpo enteramente. Fantaseaba constantemente desde que era testigo de los placeres de Jane. Queria que la follaran,… quería sentir piel masculina en contacto con la suya.
Por eso, tras un rato de observación atenta y despierta, Barbara necesitaba sacar de su interior el incontenible nervio y el fuego abrasador. Necesitaba de urgencia acudir a la estancia reservada para ella y de inmediato despojarse de sus vestiduras para dejar libre su sexo,… su acalorado sexo,… y acariciarse con sus dedos su palpitante coño, encharcado salvajemente en sus propios fluidos, los cuales comenzaban a caer por entre sus piernas,… sus dedos se deslizaban delicadamente por sus labios, desparramando aún más su océano de jugos, alcanzando su clítoris en dulces movimientos circulares, simulando ser un torbellino de placer… un torrente de sensaciones que la catapultaban a un incontenible desfallecimiento que se prolongaba y prolongaba en una infinita convulsión, en una ida y venida de la conciencia semejante a un renacer…. Barbara se torturaba de placer una y otra vez de esta manera las noches que era testigo oculto de los jadeos de a quien servia. Una sucesión de exquisitos orgasmos iba poco a poco saciando el apetito de Barbara, un apetito alimentado a base de presenciar como tercera persona el aroma del deseo verdadero.

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